América Latina y el Caribe

  • Radar Latinoamericano: Ciencia no hecha

    Javier Crúz

    15/09/14

De un vistazo

  • Hay quienes afirman que la presión para publicar deja a los científicos con tiempo insuficiente para pensar”

  • Pero ante la pregunta de qué ciencia hacer surge el concepto de ciencia no hecha

  • Una solución al problema de los huecos en la agenda de investigación científica de la región puede llegar por vías no ortodoxas

“Somos científicos. No blogueamos. No tuiteamos. Nos tomamos nuestro tiempo”.

Así empieza el Manifiesto de Ciencia Lenta, de la muy improbable Slow Science Academy. Su alegato es que la ciencia necesita tiempo para fracasar, para malentender primero y comprender después, y que la prisa moderna por publicar le roba a los científicos el tiempo que la ciencia requiere.

Suena razonable y, más aún, suena históricamente correcto: la ciencia nació y maduró sin prisa.

Pero Rafael Loyola, de la Universidad Federal de Goiás, en Brasil, no está nada convencido. Loyola rechaza la noción de ciencia lenta, al menos para América Latina, porque, en su interpretación, el Manifiesto “afirma que la presión para publicar deja a los científicos con tiempo insuficiente para pensar”.

Es este desafío implícito a la sentencia “publish or perish” lo que parece incomodar a Loyola. Los investigadores de alto rendimiento, sostiene, pueden elegir la calidad de las revistas en que pueden publicar; en cambio, “los menos productivos publican principalmente en revistas de bajo impacto”. La conclusión obvia es que a los científicos latinoamericanos les conviene publicar mucha ciencia en revistas de alto impacto.

Jaime Rau (Chile), Adrián Monjeau y Christopher Anderson (Argentina) casi sostienen lo contrario. Alegan que la creciente dependencia de los factores de impacto al publicar tiene “efectos sociales y ambientales negativos en Latinoamérica”.

A partir de que “es un requisito tener relevancia social”, Rau, Monjeau y Anderson proponen un remedio radical: “debemos diversificar y redefinir los indicadores de calidad” en América Latina.

Elevemos esta provocación varios órdenes de magnitud. Antes que el dónde y el cuán rápidamente publicar, cuestionemos lo más básico: qué publicar. En otras palabras: ¿cómo se determina, en cada país, la agenda de investigación científica?
 
La prisa hiere menos que la ausencia

El sociólogo David Hess le da una caracterización inicial muy ortodoxa al asunto, pero agrega un apéndice que esconde un problema gordísimo. No se trata sólo de “la selección de las preguntas de investigación científica que merecen ser atendidas”, sino también de “cuáles deben quedar designadas como para mejor no hacerse”[1].

A Hess, investigador del Rensselaer Polytechnic Institute, se le atribuye un concepto extremadamente intrigante: la ciencia no hecha (undone science).

“Cuestionemos lo más básico: qué publicar. En otras palabras: ¿cómo se determina, en cada país, la agenda de investigación científica?”

Javier Cruz

A partir de que la selección de temas para investigar responde a las prioridades de las elites económicas y políticas, Hess razona que “cuando los agentes sociales de cambio intentan formular aseveraciones epistémicas acerca de, por ejemplo, la seguridad de una nueva tecnología o de un proceso industrial, suelen ser confrontados con la falta de conocimiento o con un área de ‘ciencia no hecha’, que no existe pero que habría sido de valor para ellos”.

¿Es legítimo el concepto de ‘ciencia no hecha’? “Sí, creo que es legitimo”, me dijo Elena Álvarez-Buylla, ecóloga de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y ex presidenta de la Unión de Científicos Comprometidos con la Sociedad (UCCS).

“Cada vez se sesga más la ciencia a intereses que no tienen que ver con el conocimiento o con necesidades sociales o ambientales”, agregó. Y me dio como ejemplo de ‘ciencia no hecha’ la que haría falta “para para fundamentar un enfoque más precautorio, de largo plazo, socioambiental, en el desarrollo de tecno-ciencia”.
 
A grandes males, grandes sociedades

América Latina podrá tener deficiencias de investigación científica, pero acaso no las tenga en activismo social. Un buen ejemplo viene de los bosques alrededor de Bahia, en Brasil, que a la vez son concentradores de diversidad biológica y están amenazados por el mercado.

Para demostrar que la inversión en zonas de reserva alrededor de las áreas protegidas tiene una buena relación costo-beneficio como política de conservación, investigadores de la Universidad Federal de Minas Gerais se asociaron con el Banco Mundial pero también con Conservation Internacional (una organización de la sociedad civil), como coautores de un artículo científico perfectamente ortodoxo.

No es un caso meramente anecdótico. Santiago Lorenzo, economista de WWF, me confirmó que, efectivamente, se comisionan estudios de carácter científico a universidades o firmas de consultoría; estas investigaciones se hacen siempre públicas porque “se trata de influir con ellas”.

Álvarez-Buylla, desde la UCCS, ha establecido una alianza muy estrecha con el nuevo Centro de Ciencias de la Complejidad, de la UNAM, en “proyectos de Ciencia Ciudadana”: el Observatorio Socioambiental, una red de producción, intermediación y consumo de alimentos sanos y producidos agroecológicamente, un Observatorio de las Milpas de México y un observatorio “para entender cómo el estilo de vida (alimentación, ejercicio, etc) impacta en la salud y en la emergencia de enfermedades complejas (cáncer, Diabetes tipo II, hipertensión, daño renal)”.

En su estudio sobre investigación científica no hecha por los centros de investigación, Hess encontró que, en 2006 en Estados Unidos, las organizaciones de la sociedad civil sí hicieron algo de esa ciencia no hecha.

En otras palabras, una solución al problema de los huecos en la agenda de investigación científica —solución parcial por necesidad— puede llegar por vías no ortodoxas.

Él la llama “investigación desde la sociedad civil”, pero como pocas veces encuentra nichos en las revistas de alto impacto, otros podrían llamarle “ciencia lenta” o “ciencia orientada”.

Estas ideas abren ventanas de interés. Por un lado, conocer mejor las colaboraciones entre los aparatos científicos “oficiales” y las organizaciones de la sociedad civil en América Latina; además de la pura curiosidad del saber no sabido, esto permitiría evaluar la pertinencia —incluso el rigor— de la ciencia producida por estas vías.

Por último, tal vez convenga invocar un concepto paralelo: el periodismo de ciencia no hecho (undone science journalism). Las tensiones sociales de la desigualdad extrema, las externalidades negativas de la industria extractiva, los efectos retrasados de la subalimentación infantil en el rendimiento escolar, ¿no son temas prioritarios de todos nuestros países, y a la vez, deficitarios en investigación científica e ignorados por la agenda periodística?

¿Acaso no perdemos todos con este estado de cosas?
 
 
 
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Javier Cruz es físico de la Universidad Nacional Auntónoma de Mexico (UNAM), ejerce el periodismo de ciencia desde hace 21 años en diarios y revistas, radio y TV. Es académico de la Dirección General de Divulgación de la Ciencia de la UNAM.