América Latina y el Caribe

  • París: última esperanza para acuerdo climático de la ONU

    Jan Piotrowski

    02/12/15
No es exagerado decir que la reunión anual de la Convención Marco sobre Cambio Climático de las Naciones Unidas (UNFCC por sus siglas en inglés) que tiene lugar este año será o un éxito o un fracaso. Luego de los notables fiascos de Copenhague y Varsovia, la conferencia de París es verdaderamente la última oportunidad para mostrar que la ONU puede liderar la lucha contra el peligroso cambio climático.

Su éxito podría evidenciar un cambio significativo en la trayectoria de las emisiones globales, mientras que su fracaso colocaría a la ONU en los libros de historia como la organizadora de un evento anual condenado al ‘club de viajeros frecuentes’ –etiqueta poco favorable que escuché por los pasillos de la conferencia, refiriéndose a las altas emisiones causadas por la gran cantidad de viajes internacionales que acumulan los asistentes de esta actividad.

Las negociaciones de octubre en Bonn, Alemania, abrieron el abanico de un menú para que los líderes del mundo eligieran en las próximas dos semanas. Se trata de un texto que se distingue por su casi completa carencia de decisiones concretas; sus múltiples párrafos escritos entre corchetes parecen más un examen de selección múltiple que una estrategia coherente.

Cualquier tratado exitoso será juzgado por las exigencias en la reducción de emisiones de gases de efecto invernadero.

Jan Piotrowski

Si bien esto podría reflejar el fracaso de los negociadores por encontrar puntos en común, la situación tiene otra cara de la moneda. Con todo todavía sobre la mesa, muestra que las partes están interesadas en negociar –un deseo no siempre evidente durante las pasadas Conferencias de las Partes (COP). Todavía se está a tiempo de lograr un compromiso de último minuto necesario para alcanzar el acuerdo unilateral.

Cualquier tratado exitoso será juzgado por las exigencias en la reducción de emisiones de gases de efecto invernadero. Los compromisos voluntarios de 183 países que han presentado planes para reducir emisiones aún se quedan cortos en prevenir un incremento de dos grados Celsius. Pero agregue a esto las posibles reducciones de autoridades locales y el sector privado, y esa figura dorada estará más cercana.

Pero ¿debería pedirse a los países pobres reducir sus emisiones tanto como a sus contrapartes ricas? Es un tema espinoso sobre el cual han versado las negociaciones consistentemente, y uno en el que ambas partes parecen reacios a ceder. Una sugerencia en el texto provee un punto medio al hacer que los compromisos de los países en desarrollo estén condicionados a recibir el apoyo financiero y técnico necesario para cumplirlos.

Esto podría incluir transferencia tecnológica y construcción de capacidades a las cuales se les dedican secciones completas en el borrador del texto, lo que se considera un guiño implícito al papel que la investigación y la tecnología tendrán en cualquier transición exitosa hacia un mundo más sostenible. El anuncio de ayer (30 de noviembre) de que 20 grandes economías prometieron duplicar su inversión en investigación y desarrollo (I+D) para potenciar el acceso a energías limpias le agrega pruebas adicionales a este enfoque.

Quién pagará qué, es otro tema de roce. En Copenhague en el 2009, las naciones comprometieron USD$100 mil millones hasta el 2020 para ayudar a los países en desarrollo en su adaptación al cambio climático. El problema es que nada está en firme para extender la validez de este fondo más allá de esa fecha.

Además, está el problema de que es muy probable que los países más afectados por los desastres relacionados con el cambio climático sean precisamente los países más pobres. Es posible que las naciones ricas no quieran comprometerse a pagar por los daños y las pérdidas más allá de sus fronteras. Pero con líderes de países en desarrollo, tales como el presidente de Nigeria, Mahamadou Issoufou, firmes en la postura de votar en contra del acuerdo a menos que se ponga suficiente dinero sobre la mesa, claramente uno de los lados deberá ceder.

Junto a estos temas relevantes hay una plétora de asuntos más pequeños: cómo se hará cumplir el acuerdo, y cuál será el papel de los mercados. ¿Es suficiente un límite de dos grados, o deberían los líderes aspirar a una meta más ambiciosa – 1.5 grados- que 106 naciones apoyen ahora? ¿Serán suficientes los compromisos voluntarios para cambiar las cosas?

La sensación de que algo podrá concretarse esta vez está determinada por la inusual presencia de los líderes del mundo al inicio de la COP, y no cuando está finalizando. El evento de Copenhague se arruinó cuando las delegaciones llegaron a un punto muerto que solo una discusión de alto nivel podría haber resuelto. Esta vez los jefes de Estado tendrán que definir sus deseos temprano –dejando en manos de los negociadores la responsabilidad de lograrlos.

La COP21 no estará definida por grandilocuencia política. Vivirá y morirá por la fuerza del acuerdo que se indique en el papel. Ahora, con los ojos del mundo en París, ¿puede la UNFCC probar que está a nivel de este propósito?

La versión original de este artículo se publicó en la edición global de SciDev.Net