América Latina y el Caribe

  • Participación ciudadana es clave para reducir violencia

    Diego Arguedas Ortiz

    17/08/16

De un vistazo

  • Al fortalecerse cohesión social mediante diversas actividades, violencia disminuyó en 42 por ciento

  • Intervención fue en dos comunidades hondureñas pero se puede replicar a una escala más grande

  • Amas de casa fueron aliadas valiosas por su interés en proteger a jóvenes de actos violentos

Una comunidad con sólidas redes sociales entre sus miembros, donde sus habitantes participen de actividades ciudadanas puede reducir sus indicadores de violencia, un hallazgo clave para atender la violencia como un problema de salud pública en ciudades latinoamericanas.

Esta conclusión emerge de una investigación liderada por investigadores daneses y hondureños, quienes estudiaron los cambios en las comunidades de Villanueva y Nueva Suyaya, de Tegucigalpa, tras una intervención social entre 2011 y 2014 y encontraron que sus habitantes tuvieron un riesgo de violencia 42 por ciento menor en 2014, en comparación con 2011.

“Hemos visto en otros contextos que cuando se fortalece el tejido comunitario, baja la violencia”.

Carlos Sandoval, Universidad de Costa Rica

Durante esos tres años, el hondureño Centro de Prevención, Tratamiento y Rehabilitación de Víctimas de la Tortura ejecutó una amplia intervención comunitaria que promovía la participación comunitaria mediante talleres y actividades recreativas que permitieran a mujeres y hombres jóvenes ocupar su tiempo de ocio lejos de pandillas o grupos violentos.

“Las personas que participaron en la intervención tuvieron un grado más alto de involucramiento activo en la comunidad, eran con mayor frecuencia miembros de grupos informales y tomaron acción en temas relacionados con violencia”, dijo a SciDev.Net Hansen-Nord, del Instituto Danés contra la Tortura (Dignity), una de las investigadoras.

Liderada en un inicio por el Centro, la intervención procuraba empoderar a la comunidad, que paulatinamente la asumió como propia, manteniéndola hasta hoy.

“Esto es un impacto a pequeña escala con dos comunidades, pero si se consolida el modelo estamos seguros de que puede ser replicado a una escala mucho mayor”, añade.

“Hemos visto en otros contextos que cuando se fortalece el tejido comunitario, baja la violencia”, dijo a SciDev.Net Carlos Sandoval, del Instituto de Investigaciones Sociales de la Universidad de Costa Rica.

Punto clave de la investigación fue el ingreso a los lugares: por ser regiones marginalizadas, con altas tasas de violencia física y disputa entre pandillas, los propios miembros de cada comunidad recolectaron los datos sobre percepción de la violencia mediante encuestas.

Para Hansen-Nord, la colaboración con líderes locales, tanto formales como informales —aquellos que manejan un espacio de poder de forma tácita— fue crucial para obtener información de calidad.

“Lo más importante es que sectores de la comunidad te acojan”, coincide Sandoval, quien durante décadas ha trabajado con comunidades marginalizadas en Centroamérica.

Un grupo crítico en la investigación de Hansen-Nord fueron las amas de casa, quienes se mostraron más receptivas a la intervención y lograron ser catalizadoras en la comunidad.  Explicó que inicialmente buscaban involucrar a hombres jóvenes que estaban siendo víctimas y victimarios, por el riesgo social en que estaban, pero las amas de casa resultaron aliadas valiosas, en parte por su conocimiento de la comunidad como por su interés de proteger a esos hombres jóvenes, quienes en muchos casos eran hijos o familiares. 

La investigadora resaltó que esto podría ayudar a futuras investigaciones en contextos similares. “Ellas tienen un enorme poder”, dijo sobre las amas de casa.

 Enlace al artículo en International Journal of Public Health