América Latina y el Caribe

  • Ciencia abierta, beneficios colectivos

    Valeria Arza y Mariano Fressoli

    26/05/15

De un vistazo

  • El movimiento insta a usar herramientas digitales que faciliten interacción y producción colectiva

  • Es ideal para países en desarrollo pero subsisten barreras que retrasan adopción de sus prácticas

  • Junto con ‘open source’ constituye nueva forma de producir conocimiento incluyendo nuevos actores

“¡Si compartes, sumas!”. Este argumento efectivo para que los niños compartan sus juguetes, también funciona perfectamente para motivar procesos creativos. El movimiento ‘open source’ es un claro ejemplo de sumar compartiendo: los códigos de programación se comparten y, así, con el aporte de usuarios y programadores se van mejorando y reutilizando productos informáticos. Las tecnologías digitales están modificando las formas de producción y colaboración.
 
Compartir, también puede funcionar en ciencia. A eso apunta el movimiento global de ciencia abierta: a producir conocimiento científico colaborando y compartiendo con actores fuera del laboratorio y utilizando las nuevas herramientas digitales que facilitan la interacción y la producción colectiva usando internet, tal como lo hace el movimiento open source.
 
Son muchos los ejemplos de ciencia abierta: matemáticos de distintas regiones del mundo que solucionan conjuntamente problemas complejos usando plataformas de blog; astrónomos amateurs interactuando con científicos clasificando galaxias; ciudadanos orientados por científicos que recolectan nuevos datos que comparten en línea sobre especies invasivas o en peligro de extinción, etc.
 
Ciencia abierta y desarrollo

La ciencia abierta mejora considerablemente la eficiencia de los recursos invertidos en investigación y fortalece la relación entre la ciencia y la sociedad. Esto la convierte en una herramienta importante para los países en desarrollo.

Imaginemos un laboratorio en el que los mejores científicos del mundo comparten su inspiración y sus datos: este es el principio de la ciencia abierta. La apertura permite complementar capacidades, evitar la duplicación de esfuerzos y ampliar la cantidad de información disponible de uso común.

No sólo eso, la ciencia abierta permite que otros actores ajenos a la comunidad científica también participen, aprovechando los recursos y capacidades creativas del público en general.

La ciencia abierta también acerca el conocimiento científico a la vida cotidiana de las personas. Al liberar las restricciones de acceso, cualquiera puede conocer los últimos avances científicos. Las personas pueden consultar sobre avances en el tratamiento de ciertas enfermedades, o conocer los riesgos a los que están expuestas por el cambio climático. Eventualmente, la apertura puede facilitar la construcción de nuevas preguntas y problemas, acercando las agendas de investigación a las demandas de las comunidades.
 
La política científica hoy
 
A pesar de este potencial, todavía existen barreras que demoran la adopción de prácticas de ciencia abierta.
 
Una barrera histórica se encuentra en el sistema de incentivos y evaluación que privilegia la publicación en revistas arbitradas por evaluación de pares. Este esquema exige llegar primero, lo cual desmotiva la apertura, y restringe el acceso solo a quien puede pagar. Es una práctica muy establecida y por eso difícil de cambiar. Sin embargo, empiezan a  pensarse alternativas. Por ejemplo, están difundiéndose sistemas diferentes para medir el desempeño en base al juicio abierto de pares y mediciones complementarias a las tradicionales tomando información de citas en la web.
 
Las políticas de comercialización del conocimiento científico son un obstáculo más reciente [1]. Estas políticas ampliaron la injerencia de los mecanismos de propiedad intelectual, fomentando la apropiación privada del conocimiento científico que antes permanecía en el dominio público. Un claro ejemplo son las patentes sobre fragmentos de genes. Los productos comerciales que podrían desarrollarse con esta información, como las proteínas terapéuticas o las pruebas de diagnóstico genético, requieren de más investigación que utilizarán múltiples fragmentos. Entonces, la proliferación de patentes sobre fragmentos de genes, implica que quienes realizan investigación biomédica para generar desarrollos innovadores tendrán que negociar con muchos propietarios de patentes. Como resultado se subutiliza el conocimiento existente y aumentan los costos y los riesgos de la investigación científica.
 

“La ciencia abierta mejora considerablemente la eficiencia de los recursos invertidos en investigación y fortalece la relación entre la ciencia y la sociedad”.

Valeria Arza y Mariano Fressoli


Nos encontramos entonces en una situación paradójica: disponemos de herramientas tecnológicas para interactuar y compartir, que podrían incrementar exponencialmente el conocimiento científico colectivo y mejorar la relación de la ciencia con la sociedad. Sin embargo, las instituciones científicas siguen operando en base a principios de la era pre-digital. Los esquemas de incentivos desmotivan la colaboración y se crean nuevas herramientas de política para que el conocimiento se privatice, en lugar de fomentar procesos de mayor apertura.

Vientos de cambio

Afortunadamente, en los últimos años fueron ganando visibilidad y apoyo nuevos consensos, herramientas de políticas y prácticas que anticipan vientos de cambio, como las políticas de libre acceso encabezadas por la creación de repositorios digitales abiertos para datos y publicaciones. Los resultados son sorprendentes, especialmente cuando se los combina con alguna forma de coordinación política.

Por ejemplo, en 1996 un grupo de científicos involucrados en el secuenciamiento del genoma humano tomó el acuerdo, conocido como Principio de Bermuda, de compartir todos los datos de secuencias de genes incluso antes de publicarlos. Esto permitió no sólo aumentar la velocidad en la secuenciación del genoma humano sino también garantizar que toda esta información quede en el dominio público. Existen experiencias similares de construcción de bancos de datos abiertos para estudiar  enfermedades huérfanas como la tuberculosis o la enfermedad de Chagas.

El potencial de la creatividad colectiva también se advierte en la evolución del movimiento open source. Esta práctica, que comenzó siendo marginal en la industria del software, es hoy un modelo de negocios consolidado en empresas de esa industria y la misma práctica es adoptada en otras industrias, incluyendo la producción de computadoras e impresoras 3D, con el ‘open hardware’.

Bien mirados, el  open source y la ciencia abierta son la punta del iceberg de una nueva forma de producir conocimiento cuyo potencial para la creatividad, eficiencia e inclusión es enorme. Los cambios institucionales pueden llevar décadas, pero las oportunidades están a la vuelta de la esquina.

Liberar el potencial

La experimentación con unas pocas herramientas puede promover cambios importantes. Algunas de ellas ya se están intentando, como la obligación de poner en libre disponibilidad las publicaciones de científicos financiados con fondos públicos; los incentivos que valoran los esfuerzos de comunicación de la ciencia y la creciente colaboración con otros actores sociales; o la propuesta de sistemas alternativos de medición de impacto de la investigación científica.

Sin embargo, el mayor obstáculo a superar, creemos, no es técnico sino político. Por un lado, existe un mercado editorial internacional que obtiene grandes beneficios del sistema científico, y que presiona contra una política de libre acceso. Por otro lado, hace unos 25 años que la política científica en América Latina está orientada hacia la comercialización del conocimiento. En este contexto, la resistencia política a la ciencia abierta es alta.
 
No obstante,  también  asistimos a un cambio tecnológico global que está transformando las oportunidades para producir conocimiento. Estas tecnologías están cambiando los procesos de producción; incluida la de producción de conocimiento. La pregunta es en qué dirección. La política científica no puede ignorar esta transformación. Tenemos que empezar ya a experimentar con nuevos formatos y herramientas que favorezcan las prácticas de apertura. Los problemas de desarrollo nos empujan a ser creativos.  En definitiva, compartir suma y eso no es ninguna ciencia.


Valeria Arza y Mariano Fressoli son investigadores del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET) de Argentina. Actualmente realizan dos proyectos de investigación sobre ciencia abierta y desarrollo sustentable.Se les puede escribir a: [email protected] y [email protected]fund-cenit.org.ar.