América Latina y el Caribe

  • Diálogos informales ayudan a políticas globales de salud

    Kaz Janowski

    05/04/13

Con la comunidad mundial preparándose para el Día Mundial de la Salud, los diálogos informales pueden crear asociaciones para impulsar la política sanitaria.

Tuve la buena suerte, la semana pasada, de asistir al coloquio de dos días en Ginebra, Suiza, organizado conjuntamente por el Consejo de Investigación en Salud para el Desarrollo (COHRED, por su sigla en inglés) y la Comisión de Inversión en Salud de The Lancet.

El propósito de este coloquio fue abordar los desafíos involucrados en introducir iniciativas innovadoras y prácticas para ayudar a países de ingresos bajos y medios (PIBM) a desarrollar sus propias soluciones para la inversión.

DE UN VISTAZO

  • Veinte años después del Informe Mundial del Desarrollo de 1993, los expertos discuten el progreso sanitario
  • Los economistas deben ejercer responsablemente su gran influencia
  • Una comprensión más matizada de las comunidades locales también debería impulsar la política de salud

El evento coincidió con el vigésimo aniversario del lanzamiento del COHRED y la publicación del Informe sobre el Desarrollo Mundial de 1993, 'Invirtiendo en Salud', ampliamente considerado como una de las publicaciones en salud más influyentes del mundo, porque estableció que la inversión en salud no era una merma económica, sino una inversión en el bienestar y la prosperidad.

Hablé con Gavin Yamey, que lidera la iniciativa Evidencia para la Política del Grupo Mundial de Salud de la Universidad de California en San Francisco, Estados Unidos, y que también trabaja como asesor médico y autor científico en la Comisión de Inversión en Salud de The Lancet.

Gavin estaba entusiasmado con que ahora, 20 años después del lanzamiento de COHRED, la inversión en investigación y desarrollo (I+D) estuviera una vez más en la agenda mundial de salud.

Asociación ‘improbable’

Me mezclé con la multitud en el coloquio y conocí a Carel IJsselmuiden, director ejecutivo de COHRED. Se presentó como alguien para quien la idea de mejorar la salud de una población estaba basada no solo en intervenciones técnicas como nuevas herramientas, baños o a través de la epidemiología mejorada, sino también a través de un cambio político.

El propósito de este coloquio, me dijo, fue crear oportunidades en las cuales generar lo que se llama ‘asociaciones improbables para la acción’. La improbabilidad de esta asociación, dijo, es que normalmente no sucede, es decir, que no ocurre automáticamente sin un catalizador.

Y así me encontré acurrucado alrededor de papelógrafos, pegando notas en post-it coloreados, e intercambiando opiniones, ideas y direcciones de correo electrónico con un coloquio lleno de 'contactos improbables.

“Normalmente usted no logra que sectores privados y públicos; ministerios de ciencia y tecnología, de salud y de economía y organizaciones no gubernamentales se sienten en la misma habitación, aun cuando es allí donde ocurre la gran innovación”, dijo IJsselmuiden. “La inseguridad crea una apertura para empezar a aceptar y a hablar sobre nuevas ideas”.

Escuché historias de éxito como el tratamiento del tracoma entre los aborígenes australianos usando el antibiótico azitromicina, una iniciativa de la empresa farmacéutica basada en investigación Pfizer Inc. que se está financiando con las ganancias de su venta para diferentes enfermedades en los mercados desarrollados.

Y escuché sobre las fracasos, como mosquiteros impregnados con insecticida contra la malaria que se usan  como redes de pesca y vestidos de novia.

También me contaron sobre recientes iniciativas en ética médica, incluyendo movimientos de parte de la Asociación de Ensayos Clínicos Europea y de Países en Desarrollo (EDCTP, por su sigla en inglés) para proteger a comunidades vulnerables en Botswana, que piensan que participar en investigación es equivalente a recibir tratamiento médico.

El bueno, el malo y el economista

El primer día, en la cena aniversario, uno de los participantes me contó un chiste que me gustaría compartir con nuestros lectores.

La broma dice algo así: durante un gran desfile militar en un país no identificado vemos filas de soldados marchando, vehículos armados de varios tipos, seguidos por tanques y eventualmente camiones llevando los misiles balísticos más modernos. Detrás de ellos camina una figura, sola.

“¿Quién es ese detrás de los misiles?”, pregunta una persona del público.

“Oh, ese es un economista”, le responden.

“Es raro”, dice el primero. A lo que el otro responde:

“No es raro para nada. ¡¿Tiene usted alguna idea de la fuerza destructiva de un solo economista?!”

La broma me hizo reír. Al mismo tiempo, también me hizo reflexionar sobre la idea de que los economistas de hecho pueden ser muy destructivos a través de su influencia en las políticas del país y las decisiones de financiación, mientras que a la inversa, en las manos adecuadas, pueden representar una fuerza poderosa para el bien, si dirijen el flujo de dinero hacia un buen uso.

Esa mañana, en la sesión plenaria del coloquio, vimos mensajes de video pregrabados de Lawrence Henry "Larry" Summers, un economista estadounidense y profesor de Harvard.

Él habló sobre su ‘sentido de familiaridad’ con aquellos que estaban en el coloquio, sobre todo porque como economista jefe del Banco Mundial desde 1991 a 1993, fue responsable de la publicación del Informe sobre el Desarrollo Mundial 1993.

Summers anunció que también presidirá una nueva comisión de 23 miembros, la mitad de ellos de países en desarrollo, que volverían a examinar la necesidad de invertir en salud, y que va a publicar sus hallazgos en la revista The Lancet, el 3 de diciembre de este año.

Si hubo alguna vez una fuerza del bien en la salud mundial, pensé, este economista seguramente debe estar en su epicentro.

Un desfile para el bien

La casualidad y la posibilidad de lo inesperado que el coloquio de Ginebra estableció, proporciona el tipo de contexto valioso que necesitamos para ayudar a forjar diálogos entre personas de diversos orígenes y fomentar formas interdisciplinarias e intersectoriales de hacer negocios.

Esto nos devuelve a la broma sobre el economista. Los economistas pueden realmente hacer gran daño si no trabajan de manera integrada con otras disciplinas, y si ejercen su poder para asesorar sobre el uso de dinero irresponsablemente.

Pero necesitan saber qué innovaciones tecnológicas están disponibles antes de que puedan aconsejar o planificar por su potencial impacto.

Y necesitan una mayor comprensión del contexto. Por ejemplo, las predicciones sobre la conducta humana —como el uso de mosquiteros para la malaria— están a menudo basadas en presunciones sobre las motivaciones que no están impulsadas por la comprensión de las culturas locales.

Trabajar responsablemente significa trabajar junto con los expertos en ciencias naturales y especialistas locales de múltiples disciplinas.

A medida que se acerca el Día Mundial de la Salud, me gustaría imaginar un desfile en un país no identificado, con filas de trabajadores de la salud marchando, madres e hijos saludables, personas que antes padecían malaria, tuberculosis y VIH, columnas de tecnologías que salvan vidas, detrás de las cuales marche un economista.

Y me gustaría ser capaz de responder a la pregunta “¿Es esto una broma?” con el cierre: “¿Tiene usted idea de cuánto puede hacer un economista para impulsar la salud mundial?”.

Kaz Janowski
Editor, SciDev.Net